miércoles, 18 de febrero de 2015

La velada perfecta


- ¿Es para mí? - gritó una voz desde el piso superior
- No lo sé mamá – contestó Ana mientras se dirigía hacia la puerta – hasta que no abra la puerta no sabré quien es.
- Tú y tus cosas – continuó refunfuñando la señora Martínez desde la escalera.

Ana sonrió y continúo su camino hacia la puerta. Otro día quizás hubiera disfrutado más de las quejas de su madre pero hoy, hoy no tenía tiempo para eso. Había organizado una de sus famosas veladas, una cena para los más íntimos. Estarían todos. Sus hijas con sus maridos, su amiga Tere y su hermano Joaquín. Cuando llamó para invitarlo le preguntó si podía llevar un acompañante, la dejó intrigada, ¿a quién traería su hermano? Desde su divorcio no se le había conocido novia alguna. Y mientras pensaba y divagaba sobre la acompañante de su hermano, Ana había abierto la puerta y recogido un paquete. Se dirigía de nuevo al salón cuando de nuevo una voz aguda la despertó:

- ¿No piensas darme mi paquete?
- ¡Mamá! - gritó - ¡qué susto me has dado! ¿qué haces bajando sola las escaleras? Sólo faltaba que te cayeras
- Quería mi paquete  - insistió la señora Martínez parada ya casi en el último escalón – llevo esperando ese libro más de un mes
- Toma tu libro – le entregó Ana casi con enfado- anda, vamos, que te ayudo a subir, ¿y ahora sobre qué maldito misterio vas a leer?
- Hija, tú no lo entiendes – protestó ella – no lo entiendes

Agarró a su madre de uno de los brazos y comenzaron a subir la escalera. Le llamó la atención su piel, pese a la rugosidad seguía teniendo el mismo tacto de siempre, el que ella recordaba desde niña, sin embargo sus brazos estaban cada vez menos fuertes. Esos brazos ya no la sujetarían con fuerza si cayera. Recordó la primera vez que notó que su madre había envejecido. Fue el mismo día en que enterraron a su padre. Su madre era de aquellas mujeres de la vieja escuela, educadas para ser hijas y esposas de alguien. Nunca tuvo una opinión propia ni siquiera después de muerto su marido, y eso era algo que  Ana no le perdonaba y más cuando conoció el secreto de su padre.

- ¿Qué te vas a poner esta noche?

La voz de su madre la trajo de vuelta.

- No lo sé mamá, no me ha dado tiempo a pensarlo
- Yo sí – le respondió ella – te vas a poner el vestido verde
- ¿Tu crees? ¿No será demasiado?
- No, te ves preciosa con él

Ana sonrió. Había llegado ya a la habitación de su madre. La ayudó a sentarse en la butaca y mientras lo hacía observó su alrededor. La cama estaba hecha perfectamente, las líneas de la cubierta rectas, sin ningún tipo de arruga y doblez, toda la ropa recogida. Todo en orden, como debía de esperarse de una mujer de su estilo. ¡Cuánto daría porque el resto de la casa estuviera igual! Y en una esquina, uno sobre otro, estaban todos sus libros, los que había leído desde que murió su padre. No eran libros cualquiera, se trataba de la colección más insospechada de lecturas relacionadas con enigmas, secretos ocultos y cualquier otro misterio sin resolver. Ana no sabía hasta que punto esa afición se trataba de la locura de una persona de su edad o del intento de autoafirmación de una mujer engañada toda una vida.

- Espera – le dijo cuando ya estaba cerca de la puerta – tengo algo para ti
- Mamá, tengo mucho trabajo
- No seas tonta, son solo dos minutos, abre el cajón de mi mesilla y tráeme mi caja de madera

Ana hizo todo lo que le ordenó, le acercó la caja donde su madre había guardado sus tesoros. Ésta rebuscó, miró varias veces hasta que por fin alargó la mano y le entregó dos pendientes preciosos, de plata vieja, adornados con piedras brillantes de un rojo intenso.

- Toma, te irán perfectos con el vestido
- Pero mamá...
- Calla, y no discutas – aseguró con firmeza su madre – son muy especiales, son los pendientes de mi madre
- Mamá – dijo Ana, mientras estiraba la mano insistiendo para que los guardara en la caja
- No seas tonta  en la caja no hacen nada

Ana los miró, sí, verdaderamente eran preciosos y con el vestido verde hacían una perfecta combinación. Sonrió, era su manera de darle las gracias. Salió de la habitación guardando los pendientes en los bolsillos de sus viejos pantalones.

Pasó toda la tarde ocupada en preparar la cena, quería que todo estuviera perfecto. Sacó la vajilla de las cenas importantes, extendió la mesa del comedor, buscó velas nuevas acorde con la velada. Terminó de preparar el postre. Esta noche ella solo se iba a dedicar a cocinar el postre. Había encargado un servicio de catering con un menú especial, al gusto de todos. Quería dedicarse de lleno a sus invitados y odiaba estar más pendiente de la cocina que de ellos, por eso había optado por contratar la cena y el servicio. Pese a tener su mente ocupada en cada uno de esos pequeños detalles Ana no dejaba de recordar todo lo que aconteció tras la muerte de su padre. No estaba segura cómo había empezado todo, qué traicioneros son los recuerdos, van y vienen, se diluyen y se pierden y uno no sabe ya que tanto de realidad tiene o qué tanto de ficción. Ana esa tarde decidió que esta historia comenzó cuando su hermano Joaquín encontró una carta en una de las chaquetas de su padre.

- ¿Qué es eso? - todavía le parecía escuchar la voz de su madre cuando los descubrió con la carta
- Nada mamá – se apresuraron a decir ambos

Pero su madre sabía que no era nada, que nada no les hacía poner esa expresión en su rostro. Ana no sabía bien que hacer y sólo recuerda que vio a Joaquín extender la mano con la carta hacia su madre. Aunque si preguntas a Joaquín siempre sostendrá lo contrario. De un modo u otro su madre terminó con una confesión en sus manos del adulterio de su marido, un adulterio que se había producido durante años.

Ana había intentado imaginarse como se sentía su madre al descubrir que todo lo que creía era mentira, pero no pudo. Siempre la había culpado de la traición de su padre. La consideraba un ser débil, sin aspiraciones, entendía que él hubiera buscado otra vida. El gran abogado Joaquín Martínez tenía un futuro prometedor ¿dónde iría con una mujer tan vulgar? Ella siempre lo admiró, las charlas con sus socios, las reverencias que le hacían al pasar por la calle, cómo lo trataban en cualquier sitio al que fueran, eso sólo pasaba cuando acompañaba a su padre. Su madre, sin embargo, se perdía en la multitud y pasaba inadvertida. Por él, ella decidió estudiar derecho. Así fue como conoció a Carlos, su marido, ¡le recordaba tanto a su padre! Pronto se casaron y con la misma rapidez llegaron los hijos y Ana guardó su título de derecho en el cajón y se dedicó a la vida familiar.

La infidelidad de su padre se había convertido en el tema de conversación predilecto de los dos hermanos, Joaquín y Ana, especulaban de cómo era posible que su madre nunca lo hubiera descubierto, y siempre llegaban a la misma conclusión, su madre era una persona muy fácil de engañar.






El timbre de la puerta volvió a sonar, el reloj del comedor marcaba las nueve en punto. Ana terminó de ajustarse el último de los pendientes y bajó rápida las escaleras. En el piso de abajo ya la esperaban su marido y su madre. Uno a uno fue recibiendo a los invitados que puntuales acudían a su cita.

- Mamá ¡estás impresionante con ese vestido! - le acababa de decir Lucia, su primogénita, embarazada de su primer nieto
- ¡Me lo tienes que prestar¡ - insistió Clara, su segunda hija, - aunque no sé si cabré, ¡cómo puedes conservar esa figura!

Esas adulaciones le encantaban, apreciaba que sus hijas se esforzaran tanto por mostrarles su cariño.
La puerta sonó de nuevo. Esta vez era Tere, su amiga, una mujer soltera de su edad, que se había convertido en la confidente de Ana y la mejor socia de Carlos en el bufete.

- ¡Que envidia me das! - dijo – Estas perfecta – y le dio un gran abrazo – He traído un vinito
- No era necesario
- Lo sé, lo sé – insistió Tere – pero era para agasajar a los anfitriones. Es un Rioja, creo que el favorito de Carlos.

Ana lo recogió y lo llevó a la cocina, dio la orden a la chica del catering que se encargara de servir ese vino el primero.

Sólo faltaba Joaquín. Ana sabía que llegaría el último.  Le encantaba crear expectación y, sobre todo hoy, que vendría acompañado. Por fin sonó el timbre y allí estaba, su adorable hermano. Antes de que Ana pudiera reaccionar su madre ya estaba gritando desde el salón.

- ¿Quién es? ¿quién es su acompañante?
- Mamá, no seas impertinente – gritó Ana mientras abría la puerta
- Sólo me preocupo por mis hijos – le respondió su madre desde el salón
 - Mamá, es Pedro, mi vecino – dijo Joaquín
- ¡Lo sabía¡ ¡Lo sabía! - gritó eufórica su madre


Joaquín y Ana se miraron y mientras su madre continuaba gritando desde el salón
- ¡A mí nada se me escapa! ¡Nada!

Ellos susurraron la misma frase sonriendo

- Sigue igual, ¿verdad? - preguntó Joaquín
- ¡No ves! Echa un lince – bromeó Ana


La velada era perfecta. Ana no recordaba otra igual. Sus hijas con esa complicidad que siempre tenían, ella y Joaquín, cuando hablaban parecía que no había pasado el tiempo y seguían siendo los mismos chiquillos de siempre, su marido y Tere siempre se apartaban a un rincón para hablar de sus casos.  Todo iba según lo previsto.  De pronto, algo la perturbó. No llevaba los pendientes. Volvió a examinarse las orejas para asegurarse que no estaban. Miró por la mesa, el suelo, por la silla, y  no aparecían. Se levanto y se dirigió al tocador, tampoco estaban allí.

- ¿Qué pasa? - preguntó Joaquín
- Nada – dijo ella
- Nada no, ¿qué es? - volvió a insistir
- No encuentro los pendientes que me ha dado mamá
- Seguro que lo has dejado arriba
- No, ya he mirado
- Los llevaba cuando hemos llegado – aseguró Lucia, que se había unido a la conversación

Y al final sin quererlo, los pendientes se convirtieron en los protagonistas de la noche. Todos los buscaron, todos recordaron a Ana con ellos, pero nadie sabía donde estaban.

- ¿Qué recordáis cada uno de vosotros? -pregunto su madre
- Mamá esto no es un libro de misterio de los tuyos – se apresuró a decir Ana que se había ido en busca del consuelo de su marido.
- Ana deja a tu madre – se atrevió a decir este – mientras ella lo averigua nosotros podemos continuar con nuestras cosas – empujó ligeramente a Ana hacia la silla donde estaba su madre para volver a sentarse con Tere y un montón de papeles.

Su madre se levantó y se dedicó a interrogar a cada uno de los asistentes, repasando cada uno de sus pasos, hasta los de Ana, una y mil veces. Mientras lo hacía no dejaba de observar y de anotar.  Se percató de muchas cosas esa noche, de nuevas noticias y otras no tan nuevas, pero lo más importante supo dónde estaban los pendientes que le había dado a Ana.

- Ana – dijo con voz segura – puedes llamar a la chica que nos ha servido
- Pero mamá, acabo de despedirme de ella, está recogiendo y se marcha. Hemos terminado más tarde de lo previsto.
- Dile que venga, por favor  - insistió – es importante para saber donde estaban los pendientes.

Todos los asistentes guardaron silencio y la miraron con asombro. Ana se levantó y llamó a la muchacha.

- Antes de irte, por favor, devuelve a mi hija los pendientes que has robado – le dijo
- ¿Pero mamá? - gritó Ana
- Señora yo, yo no he hecho nada – comentó la muchacha todo asustada.
- Por favor – volvió a insistir – dame los pendientes o pretendes que llame a la policía.

Todos guardaron silencio en la sala. Y ahí estaba, la señora Martínez, en el centro, segura de sí misma, de su intuición, con la mirada la mirada fija en la chiquilla. Al final ésta metió la mano al bolsillo del pantalón y sacó los pendientes.

- Lo siento – dijo mientras se marchaba hacia la cocina avergonzada

Ana observó sorprendida a su madre

- ¿ Cómo lo has sabido?
- Era evidente mi niña ¡a mí nada se me escapa!

Todos rieron. Al final, sin quererlo Ana tuvo la noche que imaginó. Y se sintió muy satisfecha.

- ¿Está cansada, cariño? - le preguntó Carlos mientras se desnudaba para irse a la cama
- Un poquito ¿ y tu?
- Sí, hoy ha sido un día agotador, y mañana nos espera un gran juicio

Ana bajó la cabeza, sabía lo que eso significaba. Hacía tiempo ya de la última noche en la que habían mantenido relaciones. Tenía que entenderlo. Sus días eran agotadores. No necesitaba una esposa que se quejara. Se tapó con la sábana y se giró para la ventana, como hacía siempre, para no molestar.

Tu madre estará contenta
- Sí, ha ido todo según lo previsto
- ¿Seguro que no sospecha nada? No se habrá dado cuenta que todo era un truco
- No, seguro, mi madre – guardó silencio por unos segundos – mi madre es una persona fácil de engañar – dijo con tristeza

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En su habitación, la señora Martínez repasaba también cada uno de los acontecimientos de la noche. Se sentía eufórica, como hacía tiempo. Por un momento notó que Ana volvía a mirarla con admiración. Sabía que siempre le había reprochado lo de su padre. Si su hija hubiera sabido, su hubiera sabido que ella conocía esa aventura desde siempre. Calló, calló por sus hijos, por la época, por mil razones, que ahora con los años no lo servían ninguna, las hubiera cambiado todas si eso sirviera para ganarse el respeto de su hija. ¡Cuántas cosas había descubierto esa noche! Se percató que Lucia y Clara solo hablaban entre ellas cuando su madre miraba, notó más distanciamiento que la última vez, ¿qué le estaban pasando a sus chiquillas? Supo que Joaquín estaba feliz, quizás Pedro era algo más que un simple vecino. Se alegraba por su hijo. Confirmó que había algo entre Carlos y Tere, algo que no le gustaba, algo que no sabía como hacer para que su hija también lo viera. Su hija, ¿no veía lo que pasaba entre ellos? ¿No veía las caricias, los tonteos, la complicidad? ¿Cómo era posible que su hija fuera tan fácil de engañar?

sábado, 29 de marzo de 2014

El don

Tu mayor virtud será tu mayor castigo

Recuerdo la primera vez que tuve constancia de mi don.
Tenía diez años, recién cumplidos. Era de noche, tenía hambre y baje a la cocina a ver si quedaba algo de leche para llenar mi estómago. Lo hice en silencio y en la más absoluta de las oscuridades, no quería que mis padres se despertarán. No deseaba más castigos por robar comida a escondidas. Él estaba allí, sentado junto a la lumbre, las pocas brasas que quedaban del fuego le iluminaban el rosto.

Como todas las noches mi abuelo se había vuelto a quedar dormido en su silla, junto al calor del hogar. Fui tan sigiloso como pude, no quería que se despertara y me pillara en mi excursión hacia la despensa. Pero todo mi esfuerzo fue en vano, todos los mangares que había soñado por el camino terminaron en eso,  en simples sueños. Cuando llegué al lugar donde mamá guardaba los restos de comida no encontré nada,sólo una botella vacía de leche que ni siquiera pude exprimir.

Volví sobre mis pasos guardando el mismo sigilo con el que había llegado hasta allí, con más hambre y decepción si era posible. Al salir de la cocina gire la cabeza por última vez para asegurarme de que mi abuelo seguía dormido, y fue entonces cuando lo vi.

Una sombra negra cubría todo su cuerpo, me quedé paralizado, no podía moverme aunque quisiera, mis pies no respondían, el pánico me invadió, ¿qué era aquello que estaba sobre mi abuelo? ¿qué me estaba pasando? Todo fue cuestión de segundos, de pronto la sombra tal y como apareció desapareció y mi cuerpo volvió a responder. Escuché un fuerte ronquido del abuelo, y corrí no se sí por el miedo a que mi abuelo me descubriera o por miedo a sentir de nuevo como mi cuerpo se paraba. A los dos días mi abuelo murió.

No asocié los dos hechos hasta que volvió a suceder. Esta vez fue en pleno día y como la vez anterior ocurrió sin previo aviso. Mamá había salido a comprar algo para llenar la despensa y había decidido que la acompañara para ayudarla con la carga. Estábamos donde Manolita, yo estaba embriagado mirando la cantidad de caramelos y casi no prestaba atención a mi madre. Escuché el tintineo de la campaña, alguien había entrado,  mi mente quería retener la imagen de los caramelos para esos momentos donde estuviera con hambre, pero la curiosidad pudo más e hizo que mi rostro se girase para ver quién era.

Vi a un hombre de pie y, junto a él, una sombra negra. La misma sensación se apoderó de mi cuerpo, el miedo y la parálisis. Quería gritar pero mi boca no respondía, quería moverme pero ni mis brazos ni mis piernas lo hacían. Tras un segundo,  que para mí fue una eternidad, la sombra se fue y con ella el pánico y la inmovilidad. Tiré de la mano de mi madre, quería decirle lo que había pasado, le susurré al oído pero ella no me escuchó
- Vamos niño que parece que te comido la lengua el gato - dijo mi madre
- Eso es que le da vergüenza, seguro que quiere un caramelo – le respondió doña Manolita – mientras se acercaba a la caja de los caramelos para darme uno.
Claro qué quería un caramelo pero no era eso, negué con la cabeza, intenté hablar pero no salían las palabras, cerré los ojos, abrí la boca y  grité con todas mis fuerzas:
- Ese hombre va a morir

Hubo un silencio, abrí los ojos, sentí la mano de mi madre golpear mi cara,  y  vi como los caramelos que doña Manolita estaba preparando para mí se caían de su mano para colarse debajo del viejo mostrador de madera. No sé qué me dolió más si la bofetada de mi madre o la pérdida de los caramelos.

El hombre me miró y guardó silencio, Manolita no dejaba de repetir que nadie me hiciera caso que todo eran bromas de niño. Mi madre no dijo nada más, agarró muy fuerte mi mano y no la soltó hasta llegar a casa. Durante todo ese día no volvió a dirigirme la palabra. Pasé el resto del día sentado en una esquina de la cocina con la sensación de que había hecho algo mal.

Tres días después una mujer enfurecida golpeaba nuestra puerta y no dejaba de gritar.
¡Tu hijo está maldito! Amenazó a mi marido y ahora mi marido está muerto. ¡Tu hijo está maldito!

¿Estaba maldito? ¿Realmente era así? ¿Había matado a ese hombre? ¿Había matado también a mi abuelo? No quería escuchar a aquella mujer y como nadie la callaba me escondí debajo de la cama. Recuerdo a mi madre y a mi hermana buscarme por todos sitios. Pero yo no quería salir. Tenía miedo, un miedo enorme de aquella mujer, de mi mismo.

Fue mi padre quien me sacó. Esa noche tuve la primera charla con él y con mamá sobre lo que había pasado. Les conté todo, lo del robo a la cocina, el abuelo, la primera vez que vi la sombra, cómo me sentí, todo, se los conté todo una y otra vez, pensaba que si lo decía muchas veces desaparecería. Mi padre escuchaba en silencio, atento, no dijo nada. Mi madre me abrazó entre lágrimas:
- Pobre de mi niño, - me dijo mientras me acariciaba
- Mamá, ¿estoy maldito?
- Dejaros de tonterías – dijo mi padre- aquí nadie está maldito. Dejad que piense, algo se me ocurrirá. Mientras tanto – ordenó – que el niño no salga de casa.

Y así sucedió, durante unos días estuve encerrado en casa. Creía que el que se iba a morir era yo, pero de aburrimiento. No había nada que hacer, nada. Me tumbaba en la cama y miraba el techo imaginando que recorría las calles jugando con mis amigos. Hasta que un día papá entró en la habitación.
- Vístete- me dijo – ponte tu ropa de los domingos y baja a la cocina, rápido

Hice lo que me ordenaba. Busqué la ropa en el armario y me la puse. Quizás hoy era domingo, con tanto día encerrado había perdido la noción del tiempo. Sí, seguro que era domingo  y me dejarían volver a salir.
Al bajar a la cocina pude ver tras los cristales una larga fila de hombres y mujeres que se agolpaban en la puerta. Mi padre me agarró de la mano, me sentó en una silla y dijo.
- Hijo mío, tienes un don. Y esta familia lo va aprovechar. Gracias a ti vamos a poder llenar la mesa.

Me explicó cual era su plan. Sólo tenía que mirar a la gente y decir si veía a la sombra. El le cobraría un dinero por eso. Me prometió que él estaría siempre allí, que no tuviera miedo, que nada malo me iba a pasar. Esa tarde vi a más de 20 personas. No sé el dinero que papá sacó, no vi la sombra en ninguno de ellos, pero mientras los miraba, recé todo lo que mamá me había enseñado para no verla.

Cuando mamá regresó de visitar a nuestra tita, se enfadó mucho al ver lo que papá había hecho.
- No ves qué es un niño – gritó – cómo te atreves a usarlo de esa manera
Me acerqué a ella y la cogí de la mano. No quería que se enfadará.
-Mamá – le dije – mira – señalé toda la comida que había en la mesa – mira, por fin podemos cenar
Mi madre lloró, me abrazó y al final, creo que lo aceptó o de alguna manera nos dejó hacer. Ella todas las tardes salía de casa, no decía nada, nadie sabía donde iba, y ese era justo el momento en el que papá aprovechaba para llenar la cocina de gente. En esas tardes sólo vi la sombra un par de veces y en las dos ocasiones las personas murieron.

Durante unas semanas tuvimos dinero y  comimos cosas que ni imaginábamos, incluso pude probar los caramelos de doña Manuelita. Pero la felicidad nos duró muy poco.

Esa tarde la que me acompañaba era mamá, papá había tenido que salir por cuestiones de su trabajo. Me alegré al ver llegar a don Julián, el cura de nuestro pueblo. Pensé que venía a ver si él tenía la sombra de la muerte cerca y me complacía decirle que no. Pero cuán equivocado estaba. Don Julián comenzó a gritar, no entendía lo que decía pero debía de ser muy grave porque mamá no dejaba de llorar y  prometerle que nunca más. Esa noche mi padre y ella discutieron. Desde ese día no volví a predecir la muerte de nadie en casa. Con el tiempo supe que don Julián amenazó a mamá, le aseguró que si seguíamos con esa práctica de herejía separaría a nuestra familia. Años después predije su muerte, fue una de las pocas personas de las que no me ha entristecido su marcha.

Sin embargo la gente quería saber. Los siguientes días fueron bastante horribles. Recuerdo ir andando por la calle con mamá y ser interrogado por cada uno de los transeúntes. ¿Moriré? ¿Seré yo? Uno y otro. Negaba con la cabeza, aunque con tanta confusión, la verdad que no sentía nada. Mamá me agarró fuerte de la mano y me sacó de allí. Me dijo que aunque la gente me preguntara no podía decirles nada. Las siguientes semanas procuré salir menos, esperaba que todo se calmara. Cuando salía y alguien me preguntaba, no respondía, no decía nada. En una de esas salidas, cuando todavía se agolpaban a mi alrededor, sentí la presencia de unas manos fuertes que me agarraban por la espalda. Me detuve en seco y grité llamando a mi madre. Las manos fuertes me giraron y consiguieron separarme de mi madre. Delante de mi vi a un hombre con el rostro inundado en lágrimas.
- Si tu me lo hubieras dicho-
- Señor, es mi hijo- grito mi madre, intentando separarlo de mi
- Si tu me lo hubieras dicho – me volvió a decir – podría haberme despedido de ella, le podría haber dicho cuánto la quería.

Nunca olvidaré a ese hombre, ni su rostro, ni su tristeza. Mi madre pudo por fin librarme de sus brazos, me agarró de la mano y seguimos nuestro camino. El hombre se quedó allí en el suelo, parado, con los ojos llenos de lágrimas y mirando como nos marchábamos. Esa noche tomé una decisión, una decisión que me ha perseguido toda mi vida.

Desde ese día cada vez que he presentido la muerte lo he anunciado. Nunca olvidé la suplica de ese señor, su desconsuelo. Así cada noche, cuando el sol caía, cogía la mano de mi madre y nos dedicábamos a tocar las puertas de aquellas personas que iban a morir. He visto padres destrozados porque la naturaleza no cumple sus leyes, esposos derrumbarse ante la promesa de un amor que se va, hijos que pierden el amor incondicional de sus progenitores.

No fue fácil, no ha sido fácil, he llamado a puertas que nunca desee tocar.
 Es duro cuando uno tiene que decirle a su madre que se va. Ella me hizo prometer que se lo diría. Esa noche dormí agarrado a su mano.
Fue mi manera de despedirme de ella, de darle las gracias, tenderle mi mano como ella había hecho tantas y tantas veces para protegerme.

Hoy es otro de esos momentos. Estoy aquí parado ante una de esas puertas, quizás la puerta más difícil de mi vida. Sé que cuando llame y lo anuncie, en esa casa entrará el dolor. Siempre me he consolado pensado que les daba una oportunidad, la oportunidad de despedirse de sus seres queridos, de irse con el alma en paz. Pero hoy realmente  no sé si durante todo este tiempo he hecho lo correcto. ¿Debe un hombre saber cuándo va a morir? Siento una punzada en el pecho.

No hay consuelo para el dolor por la pérdida de un ser querido.

Pocas veces me he equivocado, y al final no puedo predecir más allá de unas pocas horas. Pero sí que he aprendido que cuando una persona se convierte en la sombra de uno mismo tiende a desaparecer...

Hay dones que maldicen a uno, y éste es uno de ellos.

Llamo, la puerta tarda en abrirse, y ante mí aparece ella, como todas las noches, con esa sonrisa en el rostro que hace que volver a casa merezca la pena. La beso.
No digo nada más.
- ¿Alguna novedad? - me pregunta mientras guarda mi abrigo
- No – le contesto
La miro
- Ninguna novedad- repito mientras guardo silencio

Guardo mi secreto... quiero recordarla así... feliz... y llena de vida.

 Guardo mi secreto.

- Esta noche, mi amor, la muerte vendrá a por mí- pienso mientras la beso.


El don. Ilustración Óscar Espín
Ilustración. Óscar Espín

jueves, 27 de febrero de 2014

La tía Mina

Vino igual que se fue, 
                             … en silencio.

 La encontraron en su casa, llevaba muerta ya varios días.

 Nadie notó su ausencia, el olor que dejan los cuerpos sin vida, alertó qué en la casa pasaba algo extraño.  

Mis padres me avisaron por mail: 

Tu tía Mina ha muerto. El funeral fue ayer. No pudimos avisarte antes. Un abrazo. Tu madre. 

Como siempre tan escueta y cariñosa, así era mi madre.  Por aquella época ya vivía fuera de casa y había cortado al máximo las relaciones con mis padres. Nunca fueron unos malos padres, pero tampoco buenos. 

Después de pasar mi etapa rebelde y jurar y perjurar que no quería llevar una vida como la de mis padres terminé convirtiéndome en una mala copia de ellos. Me alejé cuento pude de casa, tenía miedo de cuanto más cerca estuviera más me parecería a ellos.  Pero ni la distancia ni la falta de comunicación evitó lo inevitable. Ahora a mis 40 años tenía una casa hipotecada y una relación estable. Lo peor de todo que ninguna de las dos cosas me apasionaban. 

Me entristeció la muerte de la tía Mina de alguna manera me sentía unida a ella. Cuando era niña, mi madre  me enviaba todos los veranos a su casa.
- Yo también merezco unas vacaciones – me gritaba – no sabes lo duro que es ser madre.
Recuerdo también las discusiones que tenía con mi padre. Él no le tenía alta estima. 

-Ya vas a enviar a la niña a casa de tu hermana, es que no ves que no debe ir. 
-¿Qué quieres que haga? - le contestaba mi madre – A algún lado tendré que mandarla o ¿prefieres que se quede todo el verano aquí sola? Nosotros no podemos. 
-Más vale enviarla a un circo  antes que a esa casa.  

Las discusiones siempre terminaban con esa frase. Él se alejaba, repitiéndola entre dientes y volvía al negocio familiar, una pequeña tienda que apenas si nos daba para comer, donde mis padres pasaban la mayor parte del tiempo, y que les proporcionaba la excusa perfecta para no atender a su hija. 

Si para mi madre eran unas vacaciones, para mí también.  La tía Mina era muy especial, como bien decía mi padre,  y pasar unos días en su casa eran toda una aventura. 

Recuerdo uno de esos veranos, el último que pasé allí. En su casa podía hacer realmente lo que quisiera. Mi tía era una artista, al menos así se definía ella, aunque para el resto de la familia era una vaga sin aspiraciones. Había montado su pequeño taller donde creaba piezas de cerámica que vendía en los mercadillos. Ella pasaba todo el día en el taller y a mí me dejaba correr a mis anchas. Decía que ya era mayor y podía confiar en mí, por eso me dejaba al mando de la casa. Asumí esa responsabilidad, durante ese verano me encargué de atender la casa, preparar la comida y, cada vez que podía, me tumbaba a devorar uno de los miles de libros que se apilaban en sus estanterías. Esas eran mis grandes ocupaciones. Había algo que no me dejaba tocar. En un rincón del salón guardaba bajo llave una extraña colección de figuras de cristal, eran figuritas pequeñas de todos los colores y estilos, unas con formas humanas, otras animales. Nunca me dejó abrir el armario para limpiarlas. Nunca. 

Lo mejor de todo siempre pasaba por las noches. Nos salíamos al jardín y allí la tía Mina, cuando caía la luna, era más ella que nunca. 

Esa noche hacía especial calor. Sonaba una canción, no he podido recordar el nombre con los años.  La tía había bebido un poquito de vino,  llevaba un vestido blanco lleno de pintura, los pies descalzos y el pelo suelto. Bailaba y cantaba. Yo estaba sentada en las escaleras, mirándola. Me sonrió. 

- No tienes calor – me preguntó

Yo asentí, me gustaba mirarla. Me abrazó y me dijo:
- Qué dura es la vida, no tengas prisa en crecer

En ese momento no la entendí, después no dejaría de recordar esa frase. 
Se desnudó y continúo bailando. Con su mano me invitó a que la acompañara. Así lo hice. Cuando llegué junto a ella, me desnudó y me hizo bailar al son de la música
- Cierra los ojos y siente la música. No te de vergüenza nunca expresar lo que sientes. 

Y bailamos como locas, como si la música hubiera entrado en nosotras, bailamos hasta caer rendidas sobre la hierba y, allí, del cansancio nos dormimos, hasta que el primer rayo de sol nos despertó. Nunca fuí tan libre como esa noche. Jamás se lo conté a nadie, fue mi secreto y el de la tía Mina. 

Y de repente, un día te haces mayor, y, te vuelves estúpido. Dejas de lado todo aquello que te hacía feliz. No sé muy bien por qué dejé de ir a su casa, creo que más bien por llevarle la contra a mis padres. Al principio la eché de menos pero entendí que si quería alejarme de ellos, la tía Mina estaba en el mismo paquete y también tenía que aprender a vivir sin ella. ¡Qué estupideces se comenten en el nombre de la madurez!

A todos les sorprendió que me dejara la casa en su testamento. A mí también, si he de ser sincera.  A mi madre le regaló toda su obra. Como siempre, no supo valorar lo que tenía entre las manos y lo regaló a una galería de arte. ¡Para qué iba a querer ella tantos estorbos! Meses después los cuadros de mi tía valían una verdadera fortuna. Imagino la cara de mi madre muerta de envidia, rabia y frustración. 

Cuando regresé a la casa de la tía Mina, después de tantos años, vi un espacio tan triste. No se parecía en nada al lugar que mi mente recordaba. Mis padres me dijeron que apenas si salía de casa. Los últimos años se encerró allí. Casi no creaba, se pasaba el tiempo en esa casa, sola, sin nadie que la recordara o la echara de menos. Nunca se casó, nunca tuvo a nadie con quien compartir las noches de verano en el jardín. Me entristeció tanto haberla abandonado. 

Recorrí la casa. Estaba todo tal y como lo recordaba, no había movido nada de sitio. Me llamo la atención que su colección de figuritas de cristal había aumentado. No sabía que iba a hacer con la casa. Todo el mundo me aconsejaba que la vendiese, que con el dinero podría pagar mi hipoteca. Venderla supondría la última gran traición a la tía.  

Pasé la noche allí, era mi manera de despedirme de ella. 

Me fui a la cama llorando, pensando lo sola que había estado, lo triste de su vida. Justo en ese momento, descubrí, al ir a buscar unas zapatillas, su gran secreto. Allí estaban, bajo la cama, todas las cartas de un gran amor. Estuve el resto de la noche y parte del día siguiente leyendo la gran historia de mi tía Mina. ¡Qué equivocados estábamos todos!. Esas páginas me hicieron llorar y reir. Conocí todos sus secretos, todas las frases que se susurraban para declararse su amor. Ese día conocí a mi verdadera tía. 

Lo conoció en uno de sus mercadillo. Él se acercó porque estaba interesado en sus obras. Estuvieron carteándose durante un tiempo, con una relación meramente comercial. Pero ya en esas cartas se veía la gran pasión que ambos escondían. Y pronto surgió el amor, un amor prohibido, él estaba casado. Leí todas sus dudas, remordimientos, reproches, las veces que habían estado a punto de dejarlo, pero al final, se amaban tanto, que siempre regresaban para estar juntos. Pero su relación siempre era a través de las cartas, era tan bello lo que se contaban. Una carta al día, durante años, guardadas todas en cajas. Era hermoso leer la complicidad que había en ellos, pese a la distancia, pese al papel. 

Me di cuenta que todos los años, siempre faltaba un día, un día en el que no se escribían. Supe pronto por qué, lo leí, como leí tantos otros secretos. 

Una vez al año él visita a la tía Mina y ese día se amaban como locos. Los imaginé por la casa, corriendo por el jardín, hablando de tantas cosas, tocándose, amándose como no podían hacerlo. Una sola vez  y el resto de las noches sola, acompañada de sus cartas.

También supe  que las figuras de cristal eran un regalo de él. Cada día, en su cumpleaños ella recibía una. Se habían conocido gracias a ellas.  Me pregunté si él sabría que había muerto. Días después tuve la respuesta cuando visité su tumba y encontré allí, una figura de cristal, una pequeña bailarina blanca. Creo que fue el mejor homenaje, la manera más bella de recordar a mi tía, mientras bailaba bajo la luna. 

    Descorché una botella de vino, me desnudé por completo a la luz de la luna, puse música en su viejo tocadiscos y me tumbé en la hierba. 
        

 Recordé a la tía Mina que tenía en mi cabeza e imaginé a la de las cartas, ambas bailaban para mí bajo la luna, 
                           ... y me pregunté si mereció la pena, 
                                                          si ...
                                        … mereció la pena 
                                            ... tantas noches sola por 
                                                              ...un instante de auténtico amor. 

La tía Mina. Ilustración de Óscar Espin


miércoles, 25 de diciembre de 2013

El loco del cementerio

… No sé nada del loco del cementerio desde hace mucho tiempo… pero no hay día en el que no lo recuerde, que no piense en él.

 No sé si seguirá vivo. Lo conocí un día como hoy, el día de Navidad. Cuando llegábamos al pueblo, mi padre acudía al cementerio para visitar la tumba de sus padres. Ese día preferí acompañarle antes de pasar un rato con la familia a la que sólo veía en estas fechas y con la que cada vez tenía menos cosas en común. Él estaba allí, sentado, con una silla plegable, delante de una tumba. Tenía un termo a sus pies, una pequeña manta que le cubría las rodillas y un libro que leía en voz alta. Me sorprendió su imagen. Le pregunté a mi padre quién era. No supo decirme, sólo que todas las Navidades estaba allí. Me acerqué lentamente. Pude escuchar los fragmentos que leía, se trataba de poesía. Notó mi presencia y se giró lentamente.

- Buenas tardes - saludó
- Buenas tardes, contesté ruborizada, intenté alejarme llena de vergüenza
- ¿Le gusta también la poesía? – me preguntó
- Sí – murmuré muy bajo
- Ella la adoraba – sus ojos se llenaron de lágrimas.

Miré la tumba, vi su nombre, Margarita Fernández, fallecida en 1991. Supe que se trataba de su esposa. ¿Cuánto llevaba muerta? ¿20 años? ¿Y todavía seguía visitando su tumba?

- Le encantaba que le leyera poesía, se sentaba junto a mí, acurrucaba su cabeza en mis rodillas y esperaba que le leyera. Era tan hermosa, …

Él continúo hablando, cerré los ojos e imaginé la escena, imaginé cada uno de los elementos que él me iba describiendo, la manta que le cubría las rodillas, ella sentada junto a él, la taza de té en las manos, y la poesía recitada:

“Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca”

Por un momento todo fue tan real, que parecía que podía sentirlos. Me despertó de la ensoñación la voz de mi padre llamándome. Me despedí torpemente de aquel hombre, con una enorme curiosidad por saber más sobre su vida y su historia. Esa noche en la cena pregunté a mis familiares, seguro que tenían que conocerlo. Se llamaba Juan, el de la mercería. Desde que su mujer murió visitaba todos los días el cementerio, con su manta, su termo, su silla y su libro de poesías. Todos los días, sin importarle el tiempo. Lo llamaban el loco del cementerio. Tenía dos hijos. Se habían marchado de allí. Él fue con ellos, pero pronto regresó al pueblo, a su casa. Su única compañía era la tumba que visitaba a diario.

Decidí subir al día siguiente con la excusa de regar las flores antes de emprender el viaje de vuelta a casa. Estaba deseando verlo. Y allí estaba de nuevo, frente a la tumba, en la misma posición en la que lo dejé,  como si el tiempo no hubiera pasado. Lo miré y lo saludé, deseaba tanto que me hablara de nuevo y así lo hizo.

- Buenos días - me dijo
- Buenos días

Mi curiosidad pudo más que mi educación y terminé por preguntar.
- ¿La quería mucho?
- Más que a mi vida – me contestó

.No hizo falta preguntar nada más, comenzó a contar su historia.

- Era verano, yo acababa de llegar al pueblo. Mis padres me enviaron para que pasara aquí las vacaciones y, ya de paso, le echara una mano a mi tío en la mercería. Querían que me sacara algo de dinero para continuar mis estudios. ¿Sabe? Era el mejor de mi promoción, era el estudiante de abogacía más prometedor. Recuerdo esa tarde como si fuera hoy. Estaba colocando unos botones tras el mostrador, los últimos en llegar, muy lujosos. Escuché sonar la campanilla de la puerta, y su risa…, levanté la vista y allí estaba. Llevaba un vestido blanco de tirantes cubiertos por sus dorados cabellos que resaltaba aún más con la luz del sol…Pensé que era un ángel…Nunca imagine una criatura más hermosa…Desde ese momento supe que mi vida no tendría sentido sin ella. A los dos días estaba en su casa, pidiéndole matrimonio. Todos me tomaron por loco, menos ella, ella había sentido lo mismo que yo. Al mes nos casamos y me quedé aquí, donde ella quería estar.

Lo miraba sorprendida y atenta. Él hablaba y hablaba, contándome su historia, mantenía los ojos fijos en el retrato de ella, como si yo no existiera, como si la conversación fuera solamente entre ellos dos.

- Tenía que haberla conocido. No había nadie igual – me comentó con lágrimas recorriendo su rostro- Mis padres se enfadaron mucho con nosotros por abandonar mi carrera, pero pronto lo entendieron. ¿Sabe? No me arrepiento, no me arrepiento de cada día que viví junto a ella. Sólo -guardó silencio y bajó la mirada- sólo me arrepiento de una cosa…
- ¿De qué se arrepiente? – le pregunté intrigada con un hilo de voz que apenas si me salía del cuerpo.
- De seguir vivo -  susurró
- ¿De seguir vivo? – mi pregunta debió de sorprenderle tanto como a mi su respuesta
- Le hice una promesa y he de cumplirla. – en ese momento levantó la mirada y volvió a fijarla en la foto de ella, de nuevo la conversación era de dos.

Su voz se hizo más grave, como esas voces que se aguantan un llanto amargo durante años. Me contó la última noche que pasaron juntos. Él acaba de llegar del trabajo, ella lo esperaba con la cena preparada. Los chicos ya no vivían con ellos. Él lo veía perfecto. Era el momento de volver a amarla en cada rincón de la casa. Ella estaba especialmente silenciosa. Se sentó a su lado como de costumbre y él comenzó sus lecturas. Le acariciaba el cabello cuando ella le interrumpió. Le sorprendió, nunca antes lo había hecho.

- Prométeme una cosa- me dijo
- ¿Qué te puedo prometer que sea tan importante como para interrumpir mi poesía? – le contesté
- Tu primero dime que lo harás y luego te lo digo
- ¡Qué tonta! – y la besé… – claro que lo haré, haré cualquier cosa que me pidas
- Cuida de nuestros hijos cuando yo no esté
- ¡Margarita! – grite sorprendido- ¡qué tonterías estás diciendo!
- Lo has prometido – me recordó.

- Se lo prometí – me susurró mirándome a los ojos y pude ver el dolor en ellos- y aquí estoy, es la promesa más difícil que jamás haya cumplido.

Esa noche ella murió, en silencio, dejándolo a él completamente solo. Intentó vivir una época con sus hijos, en la ciudad, pero no pudo. No podía vivir sin estar cerca de ella. No había día que no hablara con ellos, que los escuchara, que los ayudara, pero, él, Juan de la mercería, el loco del cementerio no podía alejarse de ese lugar porque allí había dejado su corazón para siempre.

Comprendí cuánto deseaba estar con ella, para él visitar la tumba era estar cerca de ella, era mantener su unión.

Tuve que marcharme y dejarlo allí, con su historia, su soledad y su amor. Cuando me alejaba, escuché  los versos que ese día recitaba:

“Nadar sabe mi llama el agua fría, 
y perder el respeto a ley severa”

Me giré para verlo por última vez, y por un segundo, la vi a ella, sentada junto a él, escuchando sus versos, apoyando la cabeza en su regazo y comprendí que la muerte no es el fin de una relación.

Hoy soy yo la loca del cementerio, la que todos los días voy a hablarle a la tumba de mi madre, a contarle que tal me ha ido el día, a buscar ese refugio que solo las madres saben aportar…Y por unos instantes siento a mi madre, como Juan sentía a Margarita.

Ilustración de Óscar Espin
El loco del cementerio. Ilustración de Óscar Espín


domingo, 27 de octubre de 2013

La vida soñada

Amanecía...
...La luz entraba por una pequeña rendija...
...de la ventana, dándole directamente en los ojos.

No quiso abrirlos todavía.

Quería mantener ese momento todo el tiempo que fuera posible.
Se detuvo en el olor, su pelo...
...olía a ella,
a esa dulzura que sólo ella sabía emanar. 

La tenía rodeada entre sus brazos, como siempre había querido. Acercó su cuerpo, era tan suave y cálido. Lo había imaginado tantas veces que ya lo sabía de memoria. 
Acarició su vientre, buscando esos tres lunares de los que siempre se reían.
Ella siempre le decía que seguro que eran la señal de que era alguien especial.
A él no le hacía falta ninguna señal para saber qué ella lo era.

Sintió como ella se giraba.
           Supo que lo estaba mirando,
                        supo que estaba sonriendo.
                                    Su sonrisa se sentía hasta con los ojos cerrados.
                                       Deseaba tanto abrir los ojos para verla sonreír.

Cuando los abrió allí no había nadie.

Una cama vacía, y un cuerpo solitario que abrazaba una cabecera vieja y amarilla.
Se levantó. Llevaba días soñando con ella. Hacía tiempo que no la recordaba con tanta viveza. ¿Cuántos años habían pasado desde que se vieron por última vez? Dos, tres años, ya no lo recordaba.

Fue el día de su boda.
Hoy había quedado con ella, quizás, por eso la soñaba últimamente.

Le dejó un mensaje de voz.

Sonaba igual que siempre, viva y alegre.

Donde siempre y a la misma hora, allí donde habían compartido tantas y tantas horas, donde habían hablado de todo, comida, amigos, fútbol, libros, cine, secretos, … habían hablado de tanto que habían llegado a conocerse sin necesidad de usar las palabras.

Y pasó el día, como otro cualquiera, llenando sus pensamientos con los viejos recuerdos, imaginándola y sintiéndola a su lado,

manteniendo conversaciones ficticias con ella...

¿Qué tal tu nuevo compañero de trabajo?
¿Has leído tal crítica?
¿Qué te pareció el concierto de la semana pasada?

En su mente ya se lo había contado todo, esos años que habían estado sin verse.
Tenía miedo.

¿Qué le contaría cuando la viera en persona?

Y allí estaba ella, sentada en la misma mesa, esperándolo. Estaba sola. Miro y no vio a su pareja. Se sintió aliviado. Sería una conversación de dos, como las de siempre. Se saludaron de forma cortés, casi como dos extraños, pero pronto los viejos hábitos se recuperaron. La conversación fluía, la intimadad, la complicidad estaba otra vez entre ellos, como si nada hubiera pasado. La miraba apenas si la escuchaba. Quería capturar cada segundo de esa conversación, descubrir si en este tiempo había cambiado, si su marido la había cambiado, pero no. Se seguía riendo de las mismas cosas, con la misma intensidad, soñando con la misma luna, ella seguía igual. Ella extendió sus manos y cogió las de él.

¿Te acuerdas? - dijo ella
- ¿De qué? - contestó
Aquí en esta mesa me declaré la primera vez- le replicó ella.

Ella tenía clavados sus ojos en los de él. Él sintió que el corazón se le iba a salir.
    - Aquí te dije que te quería- continúo ella
    ¡qué diferente hubiera sido todo si hubieras sentido lo mismo¡ - su voz reflejaba nostalgia.

    Aportó los ojos de los de él y, por un segundo, su mirada pareció perderse en un mundo soñado. De nuevo lo miró. Él volvió a ver esa duda, esa pregunta que siempre le había hecho. Y lo que le estaba preguntando con los ojos, se atrevió a decirlo con palabras:
       -¿Me quieres? -
      salió de sus labios.

Por un segundo,
            solo por un segundo,
                           le hubiera gustado decir que sí.

Cogerla entre sus brazos y besarla, como tantas veces había echo en sus sueños.

Pero...
no pudo.

El miedo, como siempre, era más fuerte que él. Apartó los ojos de los de ella, no quería que descubriera cuánto la amaba, poco a poco fue soltándose de sus manos. Volvió a mirarla antes de bajar completamente la mirada a la taza café.

Vio sus ojos llenos de lágrimas y una sonrisa amarga asomándole a la boca.

El silencio invadió todo el espacio.
Un silencio que para él duró una eternidad y sólo se interrumpió por el sonido de su móvil.

No escucho la conversación,
solo lo que ella le contó al colgar.

Tenía que irse, su marido la esperaba.

                Tuvo la certeza de que si le decía: ¡quédate! -
                              se quedaría, pero no se lo dijo.

La vio marcharse por la puerta.
        Supo tantas cosas en ese instante.
                    Supo que ya no la volvería a ver jamás,
                              supo que lo único que le quedaba era imaginar su vida soñada.
                                         Supo que había dejado, de nuevo, que 
                                                    la felicidad se le escapara de las manos
                                                             
                                                                  Supo que era un cobarde...


Y allí sentado en la mesa continuó conversando con ella,
con esa mujer soñada que por un momento pudo ser real.

LA VIDA SOÑADA

La vida soñada. Ilustración de Óscar Espín
La vida soñada. Ilustración de Óscar Espín




jueves, 17 de octubre de 2013

La despedida

...Pienso, que... de alguna manera, en lo más profundo de nuestro subconsciente sabemos cuando vamos a morir.
Al menos mi madre lo sabía y pudo despedirse de cada uno de nosotros...
Recuerdo perfectamente la última tarde. Después de haber estado durante mucho tiempo enferma, esa tarde estaba radiante,como siempre estaba ella.
Recuerdo haber pasado la tarde apoyada en su regazo mientras me acariciaba el pelo, a nuestro alrededor estaban todos sus hermanos que compartían con ella anécdotas...
...Ella reía como hacía mucho tiempo que no lo hacía. Durante un periodo breve de tiempo todos fuimos felices. Mientras ellos recordaban su infancia, yo seguía allí sintiendo su mano en mi rostro, sintiendo ese calor que sólo ella sabía transmitir, el calor que te recuerda a la seguridad que da un hogar.
Cuando me despedí de ella esa noche me dijo:

- No sufras cuando ya no esté,voy a seguir cuidando de tí -

Y sonreí, con una sonrisa leve..., de esas que quitan importancia a las cosas...

Horas después todos estábamos en la habitación de un hospital. Y las risas de hacía unos instantes se convirtieron en llantos.
Supe cuando había terminado todo. Estaba apoyada en el respaldo de un sillón cuando una mano acarició mi rostro, era ella. Al levantar la vista, vi a mi padre hablando con el médico. No me hizo falta escucharlo de los labios del médico.

Ella se había marchado.

De alguna manera, mi madre sabía cuándo se iba a ir y quiso despedirse de nosotros haciéndonos su mejor regalo, su sonrisa, y a mí, una promesa: la de estar siempre conmigo.
Cada vez que tengo una preocupación...
Cada vez que necesito su apoyo … o
Simplemente cada vez que necesito descansar,...
Me tumbo en el sofá y dejo que me acaricie el rostro, y me invade la sensación

de estar en casa.

La despedida
Ilustración: Óscar Espín

viernes, 28 de junio de 2013

En silencio

Despertó como todas las mañanas, sintiendo frío en sus pies. Los movió por la cama buscando algo de calor, pero no encontró nada. La cama siempre estaba vacía. La habían educado para ser una señorita de bien, y las señoritas de bien no gritan, ni ríen, ni lloran, ni sienten. Y así había contemplado pasar la vida, sentada en una silla, con las piernas dobladas, la espalda recta y viendo como sus amigas reían, lloraban, gritaban y tenían a alguien a su lado con quien compartir la cama. Muchos se habían interesado por ella, pero ninguno había continuado. Todos la abandonaban con la misma frase: ¡eres demasiado recta!. Su madre seguro se sentiría orgullosa. Cuando ya pensaba que no habría nadie, apareció él. No recuerda como fue, sólo que una tarde lo vio sentado a su lado y así el resto de los días. La llevó a pasear, a bailar y, lo más importante, la llevó al altar. Ella siempre vivió con esa preocupación en el cuerpo, esperando que la abandonara como habían hecho el resto de sus amantes. Un día, cuando ya las arrugan asomaban a sus rostros, ella se atrevió a preguntar: 
- ¿Por qué te quedaste?- Porque tú me lo dijiste- dijo élEn la cara de ella se reflejó la sorpresa. Revisó todas las conversaciones que habían tenido durante todos los años y nunca se lo había dicho. Una señora de bien nunca dice esas cosas. Él se levantó de la silla donde estaba, se acercó, apoyó su mano en el hombro de ella y le susurró al oído: Me lo has dicho cada noche, cuando tus pies buscan los míos
Salió de la habitación y la dejó allí sentada, sola. Por primera vez en su vida sintió una alegría tan grande que la desbordaba, que quería salir de su interior. Una lágrima recorrió su mejilla. Rápidamente la secó y recordó lo que hacen las señoritas de bien. Pero esa noche y para el resto de su vida buscó con más deseo los pies de su esposo. Había encontrado una manera silenciosa de decirle cuanto lo quería.